Nota

Baile y baldosas

por Loreto Casanueva
Editora de CECLI

Stand carving up the wall
why don’t you open up me at all
we are ready, we are ready for the floor

“Ready for the floor”, Hot Chip

Hasta el suelo/hasta abajo

¿Cuántas canciones nos invitan a mover el cuerpo hasta que llegue al suelo? ¿Cuántas canciones contienen en sus títulos o versos la expresión dance floor? Podríamos hacer un inventario de “Canciones sobre pistas de baile” y bailarlas todas en una noche. Algunas serían exclusivamente sobre danzas desenfrenadas que incluso lustran el piso–como el breakdance–o que “rompen el suelo”–como el reggaetón; otras, sobre misteriosos asesinatos en la pista. En la literatura, los espacios de danza han cumplido diferentes funciones, ninguna accesoria, convirtiéndose en un signo, en un símbolo. Como sea, baile y baldosa es más que una paronomasia: baile y baldosa han estado juntos desde hace mucho tiempo.

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Un suelo con escena de baile. Danza de las Tres Gracias, piso de mosaico, siglos II-III.
New Archaeological Museum, Patras.

Es cierto que el acto de bailar puede improvisarse sobre cualquier superficie, entonces tierra, pasto, cemento, brillantes parquets, policromáticos azulejos, mullidas alfombras e, incluso, piscinas, se vuelven pistas de bailes. Pero el acto adquiere un carácter ritual cuando la pista es adecuada, además de cómoda y segura, pues motiva a los bailarines a darle vida, a ensuciarla. En Ambient Rethoric, citando a Indra Kagis McEwen, Thomas Rickert explica que algunos pasajes de Homero y Hesíodo (SS. VIII-VI a.C.) “reveal an emergenging recognition that any activity presupposes a place for it to occur, as dancing requires a dance floor” (48). Así, desde la Antigüedad los espacios se adaptaron a las necesidades y actividades humanas, por lo que muros y, especialmente, suelos, se transformaron en soportes estéticos. Estos podrían estar cubiertos con diversos materiales, “contándose entre los más recurrentes los mosaicos, parquets, alicatados y embaldosados” (Alvarado, s.p.).

Una de las primeras referencias a pistas de baile–además de la que Dédalo construyó para Ariadna en Knossos donde, tal vez, se bailaron laberínticas coreografías–se encuentra en la Odisea. Ulises está siendo agasajado por los feacios y su visita es la excusa perfecta para que la comunidad luzca todos sus talentos frente al héroe:

Vamos, pues, bailarines feacios, los más distinguidos,/  a danzar y que el huésped, de vuelta a su casa, refiera/ a los suyos cuál es la ventaja que a todos sacamos . . . ”. Tal Alcínoo,/ semejante a los dioses, decíales; alzóse un heraldo,/ que tornó con la cóncava lira de casa del rey,/ y pusiéronse en pie nueve jueces sacados del pueblo/ que en los juegos solían disponer cada cosa; allanaron/ en su torno el lugar, despejaron hermosa explanada/ y, llegando el heraldo a Demódoco, puso en su mano/ el sonoro instrumento; ya en medio el cantor, los donceles,/ casi niños aún, sabedores del baile, en contorno,/ a compás golpearon la pista pulida y Ulises/ el veloz centellar de sus pies contemplaba embebido (VIII, 250-265; el subrayado es mío).

Despejada, hermosa y reluciente, los danzarines feacios hacen brillar aun más la pista de baile–al son del canto sobre los amores ilícitos entre Hefesto y Afrodita–frente a un maravillado Odiseo. La cosa se pone más buena todavía unos versos más adelante, cuando el rey ordena que abandonen el khoros para que solo se luciera en ese espacio la mejor pareja, compuesta por Laodamante y Halio, quienes “empezaron a bailar sobre el suelo fecundo/ con mudanzas sin fin y entretanto los otros muchachos/ palmeaban de pie por la pista: subía gran estruendo” (VIII, 378-380). Una especie de duelo de baile ambientado en los tiempos de la guerra de Troya.

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Diaulos Player and Dancing Woman. Vasija de figura roja, detalle. Vulci, 520-510 a.C. British Museum.

“Que el amor es bailar”

En la novela moderna, el baile puede operar como un dispositivo narrativo, un motivo recurrente o una metáfora amorosa, entre otras modulaciones. En Las penas del joven Werther de Goethe (1774), el torbellino que dibuja en el aire la coreografía del protagonista y su amor imposible Charlotte, durante su primer encuentro, anticipa el torbellino que testimoniará el amante frustrado a lo largo de sus cartas a Wilhelm. En la epístola del 16 de junio de 1771, Werther confiesa:

Nos divertimos un rato entrelazando los brazos de diversas formas. ¡Con qué gracia, con qué ligereza se movía! Y cuando por fin llegamos al vals y como esferas rodábamos unos en torno a los otros, al principio hubo un poco de lío, porque solos unos pocos sabían . . . Nunca me había salido tan bien. Me sentía sobrehumano. Tener en brazos a la criatura más adorable, y con ella dar vueltas como un torbellino, de modo que todo alrededor se desvanece y… Wilhelm, para ser sincero, me juré a mí mismo que la muchacha a la que yo amara . . . nunca bailaría un vals con otro que no fuera yo, aunque ello me costase la vida. (67)

Aunque diestro y apasionado, Werther no logrará convertirse en el amor de Charlotte. Momentáneamente, a través del vals, Werther aspira a una complicidad y a una comunión con Charlotte que no se concretizará. El baile será una frustrada metáfora de exclusividad amorosa. En cambio, Mr. Darcy, protagonista de la novela Orgullo y prejuicio de Jane Austen (1813), pese a ser tieso y a no comportarse de manera apropiada a la hora del baile, logrará conquistar a Elizabeth en un futuro cercano. A Jane Austen le encantaba danzar y su hobby fue proyectado en sus novelas, donde personajes femeninos y masculinos no solo se divierten, sino que también se juegan su posición social y su potencial como novio(a) o esposo(a) al bailar sobre el parquet reluciente, a partir de un protocolo muy estricto. Como afirma Kathryn Sutherland en su texto “Jane Austen and Social Judgement”, “one reason dance scenes are so prominent in Austen’s novels is that the dance floor was, in her time, the best opportunity for identifying romantic partners and for advancing a courtship, for testing relations between the sexes” (s.p.). La pista se visualiza como el ensayo matrimonial. ¡Es la misma época en que surge el carnet de baile, una pequeña libreta donde las mujeres agendaban piezas de baile con sus pretendientes! Así, muchos de los avatares amorosos que sucedían a lo largo de la danza estaban cuidadosamente previstos. En Orgullo y prejuicio, Mr. Darcy y Lizzie bailan y conversan: ella, desenvuelta y desenfadada; él, nervioso y algo descoordinado. Darcy solo baila si es estrictamente necesario. Ese primer baile, algo nefasto, los acercará más y más.

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Carnet de baile, mediados del siglo XIX. Marfil, madreperla y metal bañado en oro. Francia. Museum of Fine Arts, Boston.

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Elizabeth y Mr. Darcy debían alfabetizarse en manuales de instrucciones como este. “The five positions of Dancing”. En: Wilson, T. Analysis of Country Dancing, 1811.

Un siglo y medio después, en 1963, la pecosísima Rita Pavone calmaba los celos de su amor con “Il ballo del mattone”, una canción compuesta por Bruno Canfora. En Chile, el tema fue versionado por Rafael Peralta como “El baile de la baldosa” y se transformó en el himno de las fiestas sesenteras. El baile de la baldosa, a diferencia del rock o del twist, se baila de a dos, tan guancia a guancia, cheek to cheek, que la pareja se contonea en el pequeño perímetro de un azulejo. La baldosa, entonces, se hace metáfora de la fidelidad y de la intimidad, así como también de la exclusividad amorosa, esa que le fue resbaladiza a Werther.

Las baldosas damero, que ambientan el videoclip de Rita, se hicieron famosas a lo largo y ancho del mundo. Aunque este patrón ya había sido empleado para ornamentar superficies y objetos desde el año 1500 a.C., tanto en Oriente como en Occidente, su empleo se acrecentó hacia el siglo XV, especialmente, en la pintura, retratando azulejos blancos y negros confeccionados con mármol.

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“Ball at the Valois court”, Escuela francesa, c. 1580. Musee des Beaux-Arts, Rennes

Símbolo de grandeza, el patrón de damero ingresó a las casas (sobre todo, cocinas), salones de baile y fuentes de soda hacia la década de los 20s, a través de recubrimientos de linóleo, una materia prima más accesible y fácil de limpiar. En este tutorial de un estilo de baile famoso en los años ‘60s, blue-beat, como en el video de Rita, figura el mismo tipo de baldosa, que combina tan bien con la moda op-art y los trajecitos diseñados por Pierre Cardin o André Courrèges.

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El paso a paso del Blue beat.

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Colección de Pierre Cardin, 1969.

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Vestido de André Courrèges, 1965.

¿Por qué el patrón de damero se vuelve célebre en algunas pistas de baile, sobre todo, en los sesentas? ¿Será porque el baile, como el ajedrez, supone previsión, estrategia y movimiento?

“En esta disco todos somos iguales”

J Balvin ya lo dijo: la discoteca iguala. Y, en especial, aquellas que le dieron el nombre de Disco al género musical que, por excelencia, suspendería todas las barreras sociales entre sus asistentes. “In a sense, in the discotheque the ‘70s practiced what the ‘60s preached: the communion offered by the dance floor was the embodiment of the vision of peace that the ‘60s yearned for” (Shapiro, s.p.). Pequeñas o grandes, de madera o cerámica, la pista de baile setentera permitía el encuentro democrático entre personas de toda clase, raza y género.

La película Saturday night fever (1977), popularizó una particular pista, iluminada desde abajo por luces multicolores y parpadeantes e inspirada en una que su director, John Badham, presenció en un club de Alabama. Aunque ya existían algunos ejemplares lumínicos desde la década del 20, este tipo de pista es uno de los elementos que solemos asociar con la música disco, junto a la bola de espejos. Y aunque en la discoteca se suprimen las diferencias, en Saturday night fever hay una autoridad indiscutida: Tony Manero, un obrero que se convierte en el rey del club 2001 Odyssey, y cuyo trono es la pista intermitente.

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Tony Manero en su reino, 1977. Paramount/Getty Images

Bailes, duelos y otros desafíos

El duelo de baile de los homéricos Laodamante y Halio es quizás el más antiguo antepasado de los duelos actuales, esos de Soul Train que recordamos vía Youtube, o los de algunos videoclips favoritos, como “Cómo puedes vivir contigo mismo?” de Alex Anwandter o “Beat it” de Michael Jackson, donde uno de los bailarines se corona como el mejor, pero termina bailando en la mejor de las ondas con sus rivales.  A lo largo de su carrera, Michael no solo se dedicó a retar a otros danzantes, sino también a las superficies de baile,* popularizando célebres e inimitables pasosCon sus calcetines blancos y mocasines negros, el rey del pop desafiaba la gravedad con su anti-gravity lean, se sostenía mágicamente en puntillas o se deslizaba en reversa, haciendo gala de su moonwalk.

Nuevos retadores de suelos surgen en los mismos años en que Michael lucía sus primeros pasos, con el breakdance, un baile en el que ya no son solo los pies los que interactúan con el piso, sino todo el cuerpo, incluso la cabeza, a través de movimientos que requieren máxima coordinación y, sobre todo, equilibrio. Este estilo de baile se convirtió en el escenario perfecto para nuevas batallas, que retaban al suelo mismo o a danzarines contendores, como en este video, en el contexto de una importante competencia anual de breakdance en Chelles, Francia:

Cuando era pequeña y veía bailar a los breakdancers con sus cabezas girando sobre el piso, recordaba a esos insectos con los que solía jugar y que, inquietos ante mis dedos intrusos, se replegaban en sí mismos para protegerse, no sin antes dar una que otra vuelta sobre la tierra. Los bailarines, buscando inspiración en diversas fuentes, también han imitado a aquellas especies tan vinculadas con la naturaleza y sus genuinas superficies. Milena Sidorova, bailarina ucraniana, ha sido galardonada mundialmente por su performance y coreografía “The spider”, en la que se contonea como una araña diestra que repta sobre su tela, una temerosa que arranca de su victimario y una avezada que busca escondite en los rincones.

Baldosas virtuales o “moviendo el piso”

La tecnología del mapping y otros tipos de visuales afines han permitido que el mundo de la baldosa y del baile se amplíe a nuevos horizontes. Si pensábamos que la pista de baile intermitente y policromática a lo Tony Manero era el clímax de las superficies para bailar, estábamos muy equivocados. ‘Levitation’ es un innovador e interdisciplinario proyecto colaborativo en el que, gracias a la proyección de visuales, las superficies–pared y suelo–adquieren una tridimensionalidad en la medida en que el bailarín se mueve y desplaza por el espacio, creando una especie de gran baldosa virtual.

No está elaborado bajo la misma tecnología ni busca el mismo efecto, pero este proyecto me recordó uno de los videoclips más maravillosos de los años noventa, “Virtual Insanity” de Jamiroquai. El cantante, desplazándose con sus zapatillas Adidas por un piso que parece una sutil cinta corredora–y sobre el que un par de cucarachas negras se agitan–, pareciera levitar. ¿Hubo acaso un murder on the dancefloor, a juzgar por esa misteriosa mancha de sangre que aparece en el suelo? Sin duda, esta obra de arte de Jamiroquai es la síntesis perfecta de todas las baldosas y de todos los bailes, con sus deslizamientos, sus colores, sus texturas, sus crímenes, sus duelos.

Bibliografía

Alvarado, Manuel: Artesanos en el tiempo. Breve aproximación a la historia de los suelos ornamentales. “Objeto del mes”, Museo de Artes Decorativas, marzo 2015: http://www.artdec.cl/621/w3-article-51601.html

Goethe, Las penas del joven Werther. Traducción de Berta Vias Mahou. Madrid: Austral 2010.

Rickert, Thomas. Ambient Rhetoric: The Attunements of Rhetorical Being. University of Pittsburgh Press, 2013.

Sutherland, Kathryn: “Jane Austen and Social Judgement.” British Library: https://www.bl.uk/romantics-and-victorians/articles/jane-austen-and-social-judgement

Shapiro, Peter. Turn the Beat Around: The Secret History of Disco. Farrar, Straus and Giroux, 2015.


*Gracias a Marisol García, gran editora de CECLI, por hacerme ver esta gran verdad–y muchas otras–sobre este texto y su temática.