Nota

Album amicorum nº22

por CECLI

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Ad portas del fin de un atareado 2017, nuestra amiga Begoña Alberdi nos da un respiro con su lista de objetos predilectos. Amante del buen comer y el buen leer, estudiante doctoral en Columbia University de Nueva York, coautora junto a Pablo Chiuminatto y Francisco Díaz Klaassen del libro La filosofía de la decoración – La habitación ideal de Edgar Allan Poe, publicado por Orjikh Editores, y coleccionista de los más variados objetos, Begoña recopila en la vigésimo segunda página de nuestro álbum de amigos y amigas, sus posesiones y gustos favoritos. A través de ellos, nos revela un poco de sus viajes y sus afectos; nos abre brevemente la persiana de su vida para que degustemos, olamos y nos emocionemos junto a ella.

1. Agua de rosas

agua de rosas

Siempre me ha gustado empapar un algodón en agua de rosas y pasármelo por la cara y las manos. En un viaje a Florencia encontré la que, hasta ahora, me ha parecido la más pura y delicada, en un frasco tan admirable como su contenido. La compré en un lugar alucinante: la Officina Profumo-Farmaceutica di Santa Maria Novella, que forma parte de la basílica del mismo nombre y que nació como enfermería del convento. Al parecer es la perfumería/farmacia más antigua de Europa (funciona desde 1300 y fue abierta a público en 1612). El agua de rosas que venden hoy se prepara con la misma fórmula antiséptica que los monjes dominicos idearon en el siglo XIV para combatir la peste bubónica que tan fuertemente azotó a Florencia. Cada vez que me la echo, quiero creer que es esa misma agua de rosas la que aparece descrita en una de las jornadas del Decamerón. Demasiada historia en un solo frasco.

2. Mont Blanc

mont blanc

Me encanta comer y pensar en comida, sobre todo en dulces. El Mont Blanc es uno de mis postres favoritos: pasta endulzada de castañas con crema batida sin endulzar y en la cumbre del monte una castañita glaseada. Hay muchas versiones, la original es italiana, pero me gusta el formato francés, con hilos de puré que esconden la crema en su interior.

3. Prendedores

prendedores

Nada mas lindo e inútil que un prendedor. Con los años mi colección ha ido en aumento y la gente sabe que me gustan así que siempre recibo de regalo. Los uso sobre todo en invierno encima de los abrigos y chaquetas. Parte del ritual matutino es elegir cuál usar y dónde ponerlo. Mi ultima adquisición es la “Diver/Tennis woman” de Léa Stein, una artista francesa que por los años 50-60 fabricaba joyas y accesorios en plástico. La gracia es que están formados por láminas; cada prendedor es como un sándwich de plástico. Me gusta sobre todo la inteligencia con la que cada figura está dibujada, la simpleza e inteligencia de los trazos y el humor que a veces logra solo yuxtaponiendo un par de figuras geométricas. Descubrí a Lea Stein en un viaje a Viena con una amiga. Después de comernos el strudel más delicioso del mundo, pasamos afuera de una tienda cerrada que tenía en exhibición estas figuras alucinantes. Nos íbamos al día siguiente, así que no pudimos volver, pero haciendo trabajo de detective llegué al nombre de la tipa y, un par de años después, a decidir cuál de todos esos prendedores elegiría para mí.

4. Guantes de cuero

guantes

Una de mis colecciones más preciadas son mis guantes de cuero. Tengo muchos pares, de muchos colores y grosores (de cuero, de gamuza, con forro de seda o de cashmere), que he ido recolectando de a poco, generalmente en viajes, generalmente en Italia. Odio pasar frío, pero espero ansiosa que llegue el invierno solo para usar de nuevo mis guantes. En general no soy muy cuidadosa con mis cosas, pero mis guantes los cuido con devoción. Tanto, que me hice unos “portaguantes” (imitando esos “porta-cuchillos” y “porta-cubiertos” desplegables) para poder trasladarlos y guardarlos en su propio estuche. Lo bueno es que mientras más tiempo pasa, el cuero se vuelve más maleable y las trizas o grietas no son un defecto sino un valor agregado.

5. Teteras

tetera

Tomo mucho té y eso me llevó a interesarme por las teteras. Tengo varias, de distintos tamaños y materiales, que uso según el tipo de té y según la cantidad que quiera tomar. Todas me parecen necesarias. Esta me la compré el año pasado en México, en Cuernavaca. Fui a comer a un restorán frente a la catedral y me sirvieron el té en esta tetera con un no sé qué Art Deco. Fue amor a primera vista y luego de preguntar dónde podía conseguir una igual, tuve la suerte de que la vendían ahí. Sentí que había encontrado un tesoro.

6. Mi abrigo azul

abrigo azul

Este abrigo azul era de mi mamá. Fue su única adquisición, junto con una falda escocesa de la que nunca supimos su paradero, en un viaje que hizo con mi papá a Londres, hace más de 30 años. El abrigo es de una lana increíble, concretamente un Harrys Tweed (un tweed escocés cuya marca de certificación en torno al 1900 le permitió a las islas escocesas remontar económicamente en pleno auge industrial). Mi mamá lo compró en Harrods, lo que inevitablemente me lleva a vincular mi abrigo con todo lo que rodea a Diana de Gales/Dodi Al-Fayed (el padre de Dodi, Mohamed, fue dueño del famoso almacén). Cabe mencionar que es talla 12 de niña. Mi mamá era muy menuda y yo no lo soy tanto, así que me queda un poco corto de mangas. Tampoco puedo usar chalecos muy gruesos debajo (por no decir que apenas puedo ponerme un chaleco). Así y todo, es lo que más uso en el invierno y siempre alguien en la calle me dice algo cuando lo llevo puesto.

7. Madera de olivo

madera de olivo

Mi uslero y cucharas favoritas son de madera de olivo. El uslero lo compré en una tienda chiquitita en Florencia (tiene el peso y el largo perfecto para maniobrar las masas) y las cucharas las he ido comprando de a poco en Estados Unidos. Me gusta porque, además de linda, la madera de olivo es densa, dura y compacta, lo que la vuelve perfecta para cocinar porque no absorbe olores ni sabores. Además, no necesito pintar las cucharas para distinguir si son de dulce o de salado. Las distingo mirando las vetas irregulares que forman distintas figuras, lo que me obliga a detenerme y observar las cucharas cada vez que cocino.

8. Mariposario de crin

mariposario crin

Una muy buena amiga me hizo uno de los regalos más lindos y dedicados para mi último cumpleaños: un mariposario, pero con mariposas de crin. Ella misma lo armó y además cosió varias de las mariposas con sus propias manos. Todo porque alguna vez mencioné que sería genial tener uno. Yo lo olvidé, pero ella rumió la idea y un par de años después la gestó. Ver materializada, tanto esa idea abstracta como su cariño, me conmovió hasta las lágrimas.

9. Ottolenghi

ottolenghi

Tengo a varios copilotos en la cocina. Dejando fuera a los tantos libros de “señoras bien” que admiro y que me alientan paso a paso (desde Julia Child a Lucía Santa Cruz), uno de mis principales gurús es Yotam Ottolenghi, un cocinero israelí radicado en Londres, a quien conocí por sus fascinantes columnas en The Guardian. Él creció en Jerusalén, pero sus abuelos son italianos. Estudió Filosofía y Literatura Comparada en Tel Aviv y, antes de ingresar a un Doctorado en Inglaterra, se le ocurrió entrar al Le Cordon Bleu y especializarse en cocina. Todo ese sincretismo, cultural e intelectual, se traduce en su cocina y en el modo en que se aproxima a ella. Persigo y espero ansiosa cada libro que publica. Me gusta, sobre todo, el modo en que le da un giro a Medio Oriente y al mundo vegetariano, y lo estimulante que resulta la combinación de especias en cada una de sus recetas. Hace unas semanas publicó un nuevo libro, solo de dulces: Sweet, y se me hace agua la boca: amarettis de miel y agua de azahar, tartas de higos y pistacho, pound cakes de café y cardamomo, tartaletas de piña y anís estrella, panna cotta con albahaca y frutillas….

10. Abanicos

abanico

Creo que el abanico es uno de los mejores inventos del mundo. Cuando toda la gente se está pudriendo de calor en verano, yo saco mi abanico y creo un microclima que me permite sobrellevar la peor ola de calor, y mejor aún si es de la mano de un agua termal. Tengo varios abanicos, pero este es el más sencillo y el que mejor funciona (tanto para echar aire como para jugar al abrir y cerrar). Lo compré en Madrid en una tienda increíble: Casa de Diego, en plena Puerta del Sol, una fábrica familiar que, desde 1800, vende abanicos, paraguas, bastones, mantones, mantillas, velos, peinetas, castañuelas y sombrillas. Supongo que heredé la costumbre de abanicarme de mi abuela, que siempre llevaba todos sus abanicos rotos, lo que no impedía que se echara aire con el mayor ímpetu y gracia.