Nota

La maleta de Walter Benjamin 

por Marisol García Walls
UNAM, Licenciatura en Letras Hispánicas

La noche del 26 de septiembre de 1940, poco antes de las diez, Walter Benjamin colocó su maleta sobre la cama ajena del hotel y contempló sus pocas pertenencias. Un reloj de oro. Seis fotografías. Un visado expedido en Marsella. Una pipa y un par de lentes. Una radiografía. Un número indeterminado de cartas, revistas, y papeles, entre los que se encontraba el manuscrito en el que había estado trabajando antes de su muerte. Había también algo de dinero, pero no mucho. Sólo lo suficiente. Tal vez, incluso, un poco menos.

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Tarjeta de la biblioteca de Walter Benjamin en París. Imagen tomada del blog In praise of copying.

El filósofo y crítico literario debió haberse sorprendido entonces. Debió haber pensado que a eso se reducía su vida. Tal vez pensó que era poco. Sorprendentemente poco.  Todo cabía dentro de un portafolios rectangular de piel negra; una maleta, por lo demás, completamente anodina. Después de suspirar, la recargó sobre el papel tapiz que cubría la pared, que ya se abombaba en la esquina por la humedad.

Se recostó sobre la cama y, contra su costumbre, subió los pies sin quitarse los zapatos. Respiró hondo y miró por última vez el reloj. Quizás su pensamiento volvió de nuevo sobre los contenidos de su maleta. O quizás no: pudo haber tenido preocupaciones más urgentes. Cerró los ojos.

Nunca más volvió a despertar.

*

Hay exilios que son lo suficientemente largos como para que uno pierda por completo los dos sentidos indispensables para sobrevivir: el de la dirección y el de la pertenencia. Después de haber pasado siete años en distintos puntos de Europa, Benjamin abandonó París en mayo de 1940. La ciudad, con sus altos edificios haussmanianos, galerías y pasajes internos, había llegado a parecerle algo cercano a un hogar. Jamás la habría abandonado, de no ser una cuestión de vida o muerte. Pero Benjamin se sabía perseguido por el régimen fascista de la Alemania nazi, y albergaba la esperanza de embarcarse rumbo a Estados Unidos, donde se encontraría con los otros miembros de la Escuela de Frankfurt: sus amigos Max Horkheimer y Theodor Adorno.

La cronología de los últimos días de Walter Benjamin se ha logrado establecer de una manera más o menos precisa gracias a los testimonios de Lisa Fittko, quien fue una de sus acompañantes en el periplo: sabemos que Benjamin sólo podía salir de Francia de forma clandestina, cruzando los Pirineos, y que pensaba después atravesar España a pie y llegar a Portugal, donde finalmente tomaría un barco que lo llevaría lejos de Europa, lejos de la guerra, lejos de las persecuciones.

Maleta en mano, pasó primero por Lourdes y luego llegó a Marsella, donde se reunió con un grupo de conocidos: Hannah Arendt y su marido, Heinrich Blücher, Arthur Köstler y Hans Fittko. Fue en este lugar en el que Benjamin consiguió el visado del consulado norteamericano.

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Notas en el archivo Benjamin correspondientes al Libro de los Pasajes. Imagen del Tumblr Jaume-Pinya.

Una vez que obtuvo la visa, el filósofo tomó un tren de Marsella hacia Portvendres acompañado de la fotógrafa Henny Gurland y su hijo, a quienes acababa de conocer. En Portvendres se reunió con la esposa de Fittko, Lisa. Aunque aún no cumplía 50 años, sus enfermedades dificultaban enormemente el trayecto. El grupo emprendió la huida a España la tarde del 24 de septiembre por una ruta segura que los obligaba avanzar a pie por la cadena montañosa de los Pirineos hasta llegar a la frontera con España, a un pueblo llamado Portbou.

Aquí es donde la cronología comienza a desdibujarse. Los hechos se han convertido en una especie de leyenda. Walter Benjamin y sus acciones terminan por borrarse. Se dice que durmió una noche a la intemperie: no quería volver a bajar por el camino montañoso para subir nuevamente al día siguiente. Una vez que llegaron a Portbou, el grupo entró a la comisaría, situada en la estación de trenes, donde los oficiales les informaron que ese día acababa de entrar en vigor una nueva regulación que les impedía la entrada al territorio español. Todos sabían bien lo que esto implicaba: al día siguiente serían entregados a las autoridades alemanas y deportados a su país de origen, lo que para Benjamin implicaba, palabras más, palabras menos, la muerte. La historia les tendía una trampa: si hubieran llegado un día antes, habrían cruzado sin problema a España. Lo mismo si hubieran cruzado un día después: por lo menos al grupo que acompañaba Benjamin sí se le permitió la entrada tras la muerte de éste.

Bajo la vigilancia policial, el grupo fue alojado en el hotel Francia. Benjamin, en la habitación número 3, hizo algunas llamadas durante la noche, tomó una fuerte dosis de morfina y su cuerpo fue hallado encima de la cama a la mañana siguiente. Tenía 48 años.

*

En sus memorias, Lisa Fittko recuerda claramente haber escuchado a Benjamin decir que el contenido de la maleta era sumamente valioso. Cuando Fittko le preguntó por qué había decidido traer una tan pesada, Benjamin le contestó que el contenido debía ser salvado a toda costa. La maleta tenía un manuscrito. Un manuscrito que era más importante incluso que su propia vida. 

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Notas de escritura en el Archivo Benjamin. Imagen: Tumblr de I love charts.

Quien hace una maleta para un viaje del que sabe que nunca regresará debe mostrar proporciones iguales de apego y frialdad: algunos objetos se guardan por pura manía, pero otros se empacan para el viaje porque devuelven ese sentido de pertenencia y de dirección que sólo asociamos con un hogar.

Desde el momento en que fue trasladada a la comisaría de Portbou, donde algún policía dio el parte oficial sobre la muerte del caballero de nacionalidad alemana, el destino de la maleta de Benjamin es incierto. En los papeles del registro quedó constancia de su contenido anodino. Un reloj de oro. Seis fotografías. Un visado expedido en Marsella. Una pipa y un par de lentes. Una radiografía. Cartas, revistas, y papeles, entre los que se encontraba el famoso manuscrito.

Un contenido anodino en una maleta anodina. Con el poco dinero que había en el  interior se saldó la cuenta del hotel y se hicieron los preparativos para la sepultura cristiana que recibió —una ironía— el caballero judío que en el expediente quedó registrado como Benjamin Walter. El cambio de nombre contribuyó a oscurecer aún más el destino de sus restos y sus pertenencias.

*

Desaparecida de la Tierra, aunque no de los registros de la historia, se ha especulado mucho sobre los contenidos de la maleta y su destino. Es posible que Benjamin —esto es, Walter Benjamin— resoplara entre divertido y exasperado si llegara a conocer las historias que ha detonado su valija. Hoy me parece que la anécdota tiene una chispa luminosa, pues se trata precisamente de la maleta de un hombre que escribió sobre los vestigios del pasado y la manera en que éstos suelen prolongar su existencia en el presente.

Después del silencio que impone siempre la muerte, que permanece una vez que ha sido retirado el cuerpo y limpiado el cuarto de hotel; después, también, del silencio que apenas fue roto por un puñado de amigos —entre ellos Hannah Arendt y Gershom Secholem, que buscaron la tumba y no encontraron nada, absolutamente nada—, la maleta de Benjamin se antoja como una prolongación de su obra. Y no sin razón: con los Pirineos de fondo, en algún lugar entre Francia y España, el crítico aseguró que ésta guardaba un contenido invaluable, más importante, incluso que su propia vida. Me pregunto cuáles son las posibilidades reales de acceder a sus contenidos. Es decir, ¿cómo podemos leer algo que ha dejado de existir.

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Notas de escritura en el Archivo Benjamin. Imagen: Tumblr de I love charts.

La idea benjaminiana según la cual los productos culturales experimentan una historia autónoma posterior, a través de la cual terminan por trascender su origen, encuentra en la maleta su concreción material. Sólo que ésta no aparece por ningún lado.

Ocupa un espacio en blanco entre el autor y sus lectores, como mediadora de algo que más allá de sí. Curiosamente, esta idea se acerca a la forma en la que Benjamin veía al libro: según él, el libro era un mediador obsoleto entre dos formas del archivo. Para él, lo esencial del contenido del libro no residía entre las páginas,  sino en las fichas de trabajo que el autor empleaba para redactarlo, y por ende, también en las fichas del lector que termina asimilando los contenidos a sus propios archivos después de haber concretado la operación de lectura.

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Notas de escritura en el Archivo Benjamin. Imagen: Tumblr de I love charts.

Pienso que ocurre lo mismo con su maleta. Entre la vida y la obra del autor, donde lo esencial es un contenido que, paradójicamente, se desconoce, la maleta ofrece la posibilidad de ser leída. No como texto, claro está, sino como un objeto. Descartada, asumiendo plenamente su papel como residuo en la historia, la maleta se ofrece más allá de su dimensión fenomenológica: promete material de lectura, pero cancela, a su vez, toda legibilidad. Más allá del recuento de sus contenidos, niega toda pista. Pero, como referencia que es, alimenta el deseo de más lectura, de más texto, de más Benjamin, al mismo tiempo que frustra este deseo y obliga a los aficionados al trabajo del filósofo alemán a sustituir la lectura real por una metafórica. No es un texto, sino una maleta. Y no existe en la vida real, sino en el discurso.

Un objeto ausente puede convertirse en un objeto forense, es decir, un objeto que puede rendir testimonio, para complementar lo que un sujeto puede decir por sí mismo. Esto es abrir la entrada y dejar pasar por el quicio de la puerta un pasado que no termina de clausurarse. Ahí donde el testimonio del sujeto es insuficiente, ya sea porque está lleno de las complicaciones habituales (trastabilleos, enredos e interrupciones) o porque no existe tal cosa, los objetos —llamados “evidencias”— han comprobado que pueden ser la contraparte cuando la voz no alcanza. A veces parece que los objetos pueden llegar a convertirse en el sucedáneo de esta voz. Incluso cuando más parece que estos son, o por lo menos parecen, completamente mudos.

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Notas de escritura en el Archivo Benjamin. Imagen: Tumblr de I love charts.