Evento

Cerámica de Penco. Las piezas del olvido

por Manuel Alvarado Cornejo
Lic. en Historia y Lic. en Estética
Pontificia Universidad Católica de Chile

El miércoles recién pasado, 23 de mayo, fue muy especial porque como Centro de Estudios de Cosas Lindas e Inútiles le dimos vida a la charla “Las piezas del olvido. Un recuento de las industrias de cerámica en Penco”, una conversación sobre loza y cerámica de Penco, de la mano del historiador Boris Márquez, director de la red de Bibliotecas Municipales de Concepción, coordinador del Archivo Histórico de Concepción y especialista en la historia y materialidad de la cerámica pencona. Su presentación, a la luz de la publicación de sus libros Cerámica en Penco, Industria y Sociedad 1888-1962 y Las Piezas del Olvido, Cerámica Decorativa en Penco 1962-1995, fue realizada en las dependencias de la Biblioteca Patrimonial Recoleta Dominica, escenario donde, además, fuimos espectadores de un pequeño concierto de la cantante Niña Tormenta. El siguiente texto fue leído como presentación de la charla.

Antes de comenzar, me gustaría señalar que este texto se compondrá de dos secciones. En la primera de ellas, me referiré a la historia del famoso plato azul que hemos elegido como elemento central de la gráfica de este encuentro; mientras que en la segunda expondré algunas reflexiones surgidas a partir de la sugestiva lectura de los libros de Boris Márquez Ochoa.

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Plato para pan modelo Willow, Lozapenco, Chile, ca. 1960 – 1990, moldeado en barbotina y calcografiado, 5 x ø 19.5 cm, Colección particular.

1. Breve historia del plato “Willow”

Un simple plato blanco fabricado con una cerámica más bien tosca, presenta sobre su superficie un enigmático patrón azul en el que es posible distinguir en primer plano una cabaña rodeadas por árboles, seguida por un lago que es surcado por velero, mientras que en el fondo se asoma un castillo que yace sobre una empinada colina. Este paisaje tan cotidiano como mítico, colma los recuerdos de varias generaciones de chilenos y chilenas que nutrimos nuestros imaginarios visuales en la compañía de esta pieza de menaje doméstico, el famoso plato Willow de Lozapenco. Este objeto de apariencia corriente y producido en serie, el cual que hemos elegido como emblema de este encuentro, guarda una historia muchos más compleja y rica que lo conecta con una vasta tradición locera que se remonta a varios siglos atrás, y que hoy me propongo resumir brevemente [1].

A fines del siglo XIII, de la mano del legendario Marco Polo, comenzaron a llegar a costas europeas un sinfín de riquísimas mercancías procedentes del Lejano Oriente, las cuales prontamente se convirtieron en objeto de deseo entre los hombres del Viejo Mundo. Los barcos procedentes del Este traían cuantiosos cargamentos de artículos producidos con un material desconocido de color blanco lechoso, suave al tacto, extremadamente frágil y decorado delicadamente sobre su superfice con motivos fitomorfos y zoomorfos de color azul: se trataba de las porcelanas chinas de la dinastía Ming.

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Plato, Jingdezhen, China, 1685-1695, porcelana esmaltada, ø 26.4 cm, Victoria & Albert Museum, Londres. ©Victoria and Albert Museum, London

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Plato con patrón Willow, Staffordshire, Inglaterra, 1818, cerámica vidriada y calcografiada, ø 22.5 cm, Victoria & Albert Museum, Londres. ©Victoria and Albert Museum, London

El también llamado “oro blanco” de los orientales, despertó una verdadera fiebre en las cortes europeas, pues nobles y monarcas querían no solo alhajar sus residencias con estos objetos, sino que también conseguir la fórmula secreta con la que se obtenía el material del que estaban hechos, situación que solo ocurrió casi 5 siglos después, a comienzos del 1700, cuando en Alemania fue fabricada la primera porcelana europea. En el intertanto, los sucedáneos y las copias dieron vida a una corriente estética llamada chinoiserie o chinería consistente en la imitación y evocación occidental del arte chino. Hacia 1780 el alfarero inglés Thomas Minton (1765–1836), empapado por este movimiento, creó un diseño decorativo para cerámicas de color azul, conocido con el nombre de Willow pattern (o patrón Willow), popularizado por diversos talleres loceros y reproducido hasta el presente, que se caracteriza por la presencia de un sauce, una pagoda, un puente, entre otros elementos, que remiten a un lejano oriente en extremo idealizado. Pero la historia de este diseño no se detuvo allí pues tempranamente su impronta orientalizante cedió ante el impulso romántico de los europeos, quienes convirtieron a la pagoda y al jardín chinesco en un imponente castillo en medio de un paisaje campestre, conservando para entonces solamente su gama cromática original consistente en figuras azules sobre fondo blanco.

Esta es la tradición que dos siglos más tarde habría sido recogida por el chileno Roberto Benavente Crisosto (1922-2005), escultor formado en la Escuela de Bellas Artes de Santiago, jefe de la sección de diseño y decorado de Lozapenco, quien fue el creador de este plato tan enigmático como cautivante producido entre los años 1960 y 1990. Toda esta historia de viajes, apropiaciones y traducciones materiales, estéticas y simbólicas, subyace tras la superficie porosa e irregular del plato de Lozapenco, ese artículo cotidiano, complemento indispensable de tantos almuerzos infantiles, que hoy se enseñorea convertido en una verdadera pieza de culto capaz de generar identidad y de convertirse en un verdadero símbolo del Chile de la segunda mitad del siglo XX, lo que ha llevado a muchos de nosotros a volcarnos a las alacenas de nuestras abuelas y de nuestras casas paternas a rescatar del olvido a esta vajilla de antaño.

2. Algunas reflexiones a partir de los libros de Boris Márquez

Los libros del historiador Boris Márquez Ochoa, titulados Cerámica en Penco, Industria y Sociedad 1888-1962 y Las Piezas del Olvido, Cerámica Decorativa en Penco 1962-1995 respectivamente, constituyen una gran empresa historiográfica y editorial que busca hacer un recuento de casi un siglo del devenir de la industria alfarera de la ciudad de Penco, poniendo especial énfasis en sus fundadores, propietarios, infraestructura, manufactura, estructura social, productos y estética, lo que le permite visibilizar a un sinnúmero de objetos con los que nos vinculamos cotidianamente, pero cuya historia y contextos productivos desconocemos. Una de las grandes riquezas de estos textos se encuentra en la abundante y exhaustiva revisión de fuentes tanto documentales, testimoniales como objetuales, que le permiten al autor elaborar un relato contundente en el que conjuga la metodología de disciplinas como la historia económica, social y cultural.

A continuación, más que hacer una reseña de los textos, los cuales desde ya los invito a leer, me propongo dar cuenta del campo en el que se insertan y de una serie de problemáticas que surgen a partir de ellos. El trabajo que Boris nos presenta, sin embargo, no constituye en ningún caso un esfuerzo aislado, pues en los últimos 10 años ha existido un verdadero auge de investigaciones, publicaciones y exposiciones que han buscado poner en valor y rescatar la historia de las manufacturas nacionales, especialmente aquellas dedicadas a la producción de menaje doméstico, entre las que destacamos, solo por nombrar algunas, Cristalerías Yungay, Cerámica de Lota, Windsor Plaqué, Bellavista Oveja Tomé y la que nos convoca: Lozapenco. Al mirar en conjunto a estas fábricas, y dejar un poco de lado la nostalgia, la historia de su funcionamiento, el estudio estético de sus objetos y la recepción de sus productos en las casas chilenas, abren paso a interesantes reflexiones que resuenan en la actualidad y que me parece pertinente comentar.

En primer lugar, todas estas fábricas, aunque muchas de ellas con antecedentes a fines del siglo XIX, florecieron entre mediados de la década del 20 y los años 70, momento en el que el país, tras la catastrófica crisis económica de 1929 y el ascenso al poder de los radicales, dio un giro en su política económica adoptando el famoso modelo ISI (Industrialización por Sustitución de Importaciones), que permitió el crecimiento de la industria local y la producción de bienes, otrora traídos del extranjero, que podían ser adquiridos por las crecientes capas medias de la sociedad, cambiando para siempre sus patrones de consumo, pautas decorativas y prácticas sociales en el espacio más íntimo del habitar: la casa.

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Santiago Prudanti, Fábrica Nacional de Loza de Penco, 1945, óleo sobre tela, s/d, Colección particular. Foto: Blog de Penco

En segundo lugar, un elemento interesante de cotejar es que el desarrollo de estas industrias está íntimamente imbricado con las oleadas migratorias de comienzos del siglo XX, pues hombres y mujeres provenientes de España, Alemania,  Austria, Italia, Palestina, entre  otros países, aportaron tanto el capital como los conocimientos técnicos necesarios para su funcionamiento. Es así como el desarrollo de las manufacturas nacionales es deudor de la presencia de extranjeros en Chile, así como de la aplicación de tecnologías, modelos productivos y estéticas migrantes originadas mayoritariamente en Europa y luego trasplantadas en nuestro país.

En tercer lugar, en relación con el desarrollo artístico nacional se ponen de relieve algunos aspectos interesantes como, por ejemplo, que el estudio de la producción de estas fábricas permite pensar en la posibilidad de desarrollo de las artes decorativas en el contexto nacional a partir de la apropiación y adaptación de modelos y estilos europeos al gusto local, así como también su mezcla con la artesanía, la(s) cultura(s) popular(es) y las iconografías vernáculas. En este mismo sentido, otra cuestión relevante es la relación, muchas veces tensa, aunque fecunda, que se da entre las Bellas Artes y las artes aplicadas, pues muchos de los modeladores y decoradores que trabajaron en estas empresas, como el ya mencionado Roberto Benavente, contaban con una formación artística académica que supieron poner al servicio de la producción industrial en un momento en que el diseño, como lo entendemos en el presente, aún no se constituía en una disciplina autónoma, es decir, especializada y distinta del arte.

Finalmente, no nos resta más que agradecerle a Boris y felicitarlo por su interesante y contundente trabajo que se constituye en un aporte invaluable para la reconstrucción de la historia industrial y de las artes decorativas en Chile, así como también, de la identidad de un pueblo locero. Hoy más que a hablar de las piezas del olvido, nos hemos reunido a recordar críticamente el universo de los objetos que nos rodean.

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Violetero, Sussex, Chile, ca. 1960 – 1980, moldeado en barbotina, esmaltado, barnizado y dorado, 14.5 x 7.5 cm, Colección particular.

Tras la lectura de este texto, Boris Márquez presentó sus libros, revelándonos parte de la investigación en la que se enmarcó su creación, sus peculiaridades y anécdotas, así como también profundizando en su estrecho vínculo con la cerámica pencona, tanto a nivel personal como profesional. La charla fue cerrada por una pequeña pero emotiva tocata de la cantante chilena Niña Tormenta, acompañada por su hermana Macarena Galaz en las percusiones y segundas voces. Hace algunas semanas entrevistamos a la cantante chilena a propósito de su álbum debut Loza, cuya portada, diseñada por ella y el artista Diego Lorenzini, recrea el célebre plato azul de Lozapenco que protagonizó la charla, por lo que su presencia era un precioso broche para la celebración. Su presentación musical comenzó con el himno del disco, la canción “Lozapenco”, seguida de “Clase M”, “Canción Nueva” y “Edificios Nuevos”, que fueron tarareadas por una audiencia muy atenta y cálida. A pesar de que la biblioteca estaba absolutamente llena–alrededor de 90 asistentes–, el encantador concierto de Niña Tormenta creó una atmósfera hogareña que evocó las íntimas letras de su álbum y que replicó, por un breve espacio de tiempo, la sensación de estar en casa.

Asimismo, contamos con un brindis acompañado de una entusiasta y graciosa paya declamada por Fernanda Valenzuela, artífice del proyecto Instante de Vinos, ciclos de tertulias, reuniones, actividades y textos que giran en torno al vino, su cultura y sociabilización. Fernanda, a quien conocimos durante las III Jornadas sobre Objetos y Cultura Material el año pasado, compartió con nosotros su ánimo y también riquísimos vinos que pudimos degustar de la mano de una calurosa sensación de camaradería, en una fría pero acogedora noche recoletana. Agradecemos enormemente a todos quienes nos acompañaron este día en torno a una mesa imaginaria. También a Carolina Nahuelhual, directora de la Biblioteca, por acogernos en su casa.

¡A continuación compartimos con ustedes el registro de la jornada!

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Bibliografía

Alvarado, Manuel. Catálogo de Platería. Colección Filigrana y Plaqué. Santiago: Museo de Artes Decorativas, 2017.

Fleming, John y Hugh Honour. Diccionario de las artes decorativas. Madrid: Alianza editorial, 1987.

Márquez, Boris. Las Piezas del Olvido, Cerámica Decorativa en Penco 1962-1995.

—. Cerámica en Penco, Industria y Sociedad 1888-1962. Hualpén: Ediciones del Archivo Histórico de Concepción, 2014.


[1] Para ahondar en este punto, véase: Aguilera Fernández, Cynthia. “El paisaje azul de Lozapenco. De lo cotidiano al imaginario, estudio exploratorio del plato modelo Willow de la fábrica de cerámica chilena Lozapenco”. Tesis Universidad de Chile, 2015. Impreso.