Nota

Ciudades proletarias: los lugares del Cardenismo

por Alfonso Fierro
Doctorado en Literaturas Hispánicas
Universidad de California, Berkeley

En 1938, en el marco del XVI Congreso de la Planificación y la Habitación, los cuatro jóvenes arquitectos de la Unión de Arquitectos Socialistas encabezados por Alberto T. Arai publicaron su Proyecto de la ciudad obrera en México, D.F., proyecto que nunca se realizó y que actualmente se encuentra más bien olvidado y deshojado en la colección de “libros raros y viejos” de la Biblioteca Nacional de México. Enrique de Anda lo ha clasificado como un proyecto precursor de la vivienda colectiva de la modernidad mexicana que detonaría con toda su fuerza en los años cincuenta, pero el proyecto va más allá, alejándose del terreno concreto de la vivienda social para encaminarse hacia el terreno utópico de una ciudad proletaria e industrializada, donde el espacio urbano mismo hiciera emerger las bases de una verdadera colectividad poscapitalista. En pocas palabras, de una nueva forma de habitar.

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Unión de Arquitectos Socialistas. Cartel publicitario de Proyecto de la ciudad obrera. 

Para ello, la UAS postulaba una ciudad con comedores comunales, con baños compartidos, con internados escolares, con zonas para descanso, juego y recreo colectivo, además de pequeñas unidades habitacionales privadas y un sistema de transporte eficiente para que los obreros no perdieran su tiempo en el desplazo de la casa al trabajo. Como muchos otros utopistas de su generación, Arai y compañía entendían su propuesta como un modelo que tarde o temprano se masificaría y sería la pauta a seguir en el futuro: “Externaremos solamente nuestro punto de vista amplio: el de la vivienda humana del porvenir. Solución-guía, proposición reguladora de los esfuerzos encaminados a resolver el caso” [1].

Propuesto en pleno Cardenismo (1934-40), los tiempos parecían fértiles para un proyecto como el de Ciudad Obrera. Como Diane Davis ha analizado extensamente, cuando el gobierno de Lázaro Cárdenas invirtió en infraestructura, invirtió sobre todo en vivienda social para obreros y trabajadores afiliados de alguna u otra manera al estado posrevolucionario en lo que dio por llamarse “colonias proletarias”. Estas colonias a menudo se construyeron en tierras expropiadas y fueron parte de una política más amplia a favor de los sectores campesinos y obreros del país, que durante estos años “vieron un incremento en salarios reales incluso si el resto del país batallaba contra los estragos de la crisis mundial” [2]. Según Davis, fue la alianza con estos sectores lo que impulsó a Cárdenas a la presidencia en primer lugar, y lo que después, durante el gobierno, ayudó a legitimar su proyecto de nación pese al descontento de las clases altas y del capital extranjero. Cuando Cárdenas tomó la presidencia en 1934, no sólo se batallaba con la crisis económica del ’29 sino que, además, existía una sensación más o menos amplia de que la institucionalización de la revolución había terminado por favorecer a los intereses de las clases altas y del capital (nacional o extranjero) en detrimento de muchas de las causas por las que se había peleado en primer lugar.

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Casa Habitación tipo. Unión de Arquitectos Socialistas. Proyecto de la ciudad obrera en México, D.F.

 Esta sensación está en el centro de La ciudad roja (novela proletaria) de José Mancisidor, un texto olvidado de 1932 que gira en torno a la cuestión de la vivienda, la renta y la desposesión organizada por el estado mismo. Desde los años 30, Mancisidor recreó un hecho histórico del 22, cuando un grupo de inquilinos en Veracruz, tras el despojo y la expulsión de algunos habitantes de la colonia, se negó a pagar la renta, formó el Sindicato Revolucionario de Inquilinos y paralizó durante algunas semanas el puerto jarocho. Para Mancisidor, el movimiento de inquilinos interrumpió durante unas semanas una nueva normalidad posrevolucionaria en donde la obsesión por reconstruirlo todo (el país, la paz, el estado, la economía, la infraestructura) había llevado al aparato estatal a alinearse con los intereses del capital privado: “El momento es otro: ¡creador, edificante, optimista! Hay que inspirar confianza al capital para que la Patria prospere y se engrandezca”[3]. De manera más bien esquemática, la novela seguía el desarrollo lineal y cronológico del movimiento del SRI desde sus orígenes hasta la masacre por parte del ejército que le pondría fin. Así, cada capítulo llevaba por título una etapa del movimiento: El lanzamiento, El mitín, La sesión. Sin embargo, Mancisidor estaba tratando de inscribir lo sucedido en Veracruz dentro de una estructura narrativa que no es para nada lineal: la estructura del sacrificio y de la futura redención de una causa perdida en el pasado. Se postulaba entonces que aunque el movimiento de inquilinos hubiera sido masacrado, sus demandas —el reclamo de vivienda digna para una clase proletaria despojada y de una justicia realmente justa— permanecían como una causa urgente a ser redimida una década después. Si acaso durante unas semanas, el movimiento había mostrado otra posibilidad social, otra ciudad, y por ende sus esfuerzos no habían sido en vano. Esta es justamente la razón por la cual valía la pena regresar, desde los años 30, a un evento sucedido diez años atrás. En efecto, hacia el final de la novela, Juan Manuel —líder del movimiento y protagonista de la novela— imaginaba una ciudad futura construida gracias al sacrificio de movimientos como el suyo. La ciudad roja era así tanto la ciudad proletaria como la ciudad construida con la sangre de los que pelearon por ella: “¡El camino! ¿Cómo sería el camino? Por ahí apuntaba la tragedia. Largo, obscuro, erizado de obstáculos […]. Todo pasó por su imaginación atenazada, como maravillosa visión kaleidoscópica. En el fondo de la escena la sangre de la masa corría a raudales. Sobre ella se levantaba al final, grandioso y resplandeciente, el edificio generoso del futuro” [4].

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Esquema de flujos. Unión de Arquitectos Socialistas. Proyecto de la ciudad obrera en México, D.F.

El sacrifico parece ser también la estructura narrativa de otro documento de estos años, el mural Retrato de la burguesía (1939-40) que David Alfaro Siqueiros y su colectivo pintaron en una escalera del Sindicato Mexicano de Electricistas. Como es bien sabido, Retrato de la burguesía constituye el punto culminante de una serie de postulados teóricos y experimentaciones prácticas que Siqueiros venía poniendo en juego con el fin de acercar el muralismo a un arte de masas que tuviera el dinamismo y la movilidad del cine. Para ello, había experimentado con nuevas pinturas industriales, con montajes y proyecciones fotográficas sobre las cuales pintar, con el uso de pistola de pintura y otras técnicas del estilo. Y si la búsqueda era movilidad, el espacio arquitectónico sobre el que se pintaba resultaba una cuestión fundamental a tomarse en consideración.

En este caso, se trataba de las tres paredes de la escalera y el techo, ofreciendo así dos ejes dinámicos: uno horizontal y otro vertical. Aunque las imágenes y las escenas se traslapan unas sobre las otras en un juego constante de frentes y fondos, podemos elegir algunos detalles de ambos planos para hacer un recorrido por el mural. En el plano horizontal, por ejemplo, pasamos primero junto a los ejércitos fascistas que han incendiado el templo de los ideales liberales (libertad, igualdad, fraternidad). Luego nos enfrentamos a la máquina capitalista que consume y escupe víctimas por abajo mientras que por arriba produce monedas de oro. Finalmente, en la tercer pared, nos encontramos con un desposeído que, casi saliéndose del cuadro, apunta con un fusil a la máquina capitalista. En el plano vertical, por su parte, vemos hasta abajo, perdidos entre las sombras del mural, a los obreros electricistas trabajando las máquinas. En medio está el mundo capitalista consumiéndose a sí mismo, tal como vimos arriba. Y en el techo de la escalera vemos las torres de electricidad que, una vez condecoradas con la bandera roja del SME, se alzan utópicamente hacia un cielo despejado. Ambos ejes se entrelazan para el espectador del mural, que al ir subiendo la escalera va recorriendo la narración horizontal al mismo tiempo que va ascendiendo en la narración vertical. Desde este punto de vista, el recorrido pasa por los trabajadores explotados, masacrados o en plena lucha sobre cuyo sacrificio se alza la promesa de un futuro redimido. Siempre un utopista tecnológico, las torres eléctricas que se elevan hacia el cielo azul son, para Siqueiros, la promesa de una ciudad moderna construida ya no sobre la máquina capitalista que ha quedado abajo y atrás, sino sobre los medios de producción en manos de los trabajadores.

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Detalles del mural Retrato de la burguesía en el edificio del SME. David Alfaro Siqueiros, 1939-40.

En este contexto es posible volver al Proyecto de ciudad obrera que la Unión de Arquitectos Socialistas planteaba en el norte de la ciudad de México y que pretendía resolver de una vez por todas las causas y las problemáticas que tanto Siqueiros como Mancisidor describían en sus propios documentos. La ciudad tendría una zona industrial, una zona agrícola, un centro cívico-administrativo y una zona habitacional, todas las cuales estarían perfectamente bien conectadas a través de una infraestructura de calles y trenes organizada a partir de los flujos posibles de los habitantes. Para cada zona, los arquitectos planteaban una serie de edificios necesarios, si bien el único que se proyectaba como tal era la unidad habitacional. Sin ser demasiado explícitos en cuanto a sus postulados socialistas, es posible argumentar que la UAS se aproximaba a la visión estalinista de la Tercera Internacional: de ahí que una de sus principales preocupaciones fuera la cuestión de la industrialización y de una economía planificada. Para la UAS, la arquitectura podía convertirse en la estructura, o quizá más bien la infraestructura, sobre la cual organizar el todo social: “la arquitectura se convierte en un cuerpo material organizado, compuesto de partes uniformes sometidas en su funcionamiento al plan general dictado por la planificación de las futuras urbes socialistas”[5].

De esto se derivan dos puntos íntimamente relacionados. Por un lado, la defensa de un lenguaje modernista que privilegiaba el funcionalismo, el orden y la uniformidad, todo lo cual es visible en la imagen del edifico-tipo habitacional. Por el otro, una obsesión por ordenar, clasificar, medir y regular las posibles vidas de los habitantes de Ciudad Obrera. En efecto, los arquitectos suministraron tablas donde se divide el trabajo por edades y género, donde se distribuyen las horas libres de acuerdo al “tipo” de recreo al que deberán dedicarse, donde se concibe de antemano un modelo de familia único (hombre y mujer), donde se estipulan las edades en las que los hijos deberán vivir en casa (0 a 2 años) en grupo (3 a 7 años) o en internados (de 7 en adelante), entre otras muchas cosas. Como dicen los propios arquitectos, “se trata de regularizar lo más posible la vida de la colectividad” [6]. Todo queda planificado de antemano, todo está calculado, medido, observado.

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Clasificación de los Habitantes. Unión de Arquitectos Socialistas. Proyecto de la ciudad obrera en México, D.F.

El proyecto de Ciudad Obrera, eso que en las páginas que nos quedan vemos apenas a nivel de esquema, derivaría de estos cálculos y a partir de esta organización de flujos, movimientos y cuerpos que buscaba concretarse. En teoría, la población que surgiría de una infraestructura como ésta sería una población higiénica, ordenada, saludable y eficiente. El Foucault de Vigilar y castigar tal vez diría que se trata “de poder en cada instante vigilar la conducta de cada uno, apreciarla, sancionarla, medir las cualidades y los méritos. Procedimiento, pues, para conocer, para dominary para utilizar” [7]. La obsesión por el orden y la higiene, por la organización y la eficiencia, es ciertamente una obsesión moderna, pero creo que en México tiene que ver también con el fantasma de la lucha revolucionaria que apenas empezaba a dejarse atrás, así como con la urgencia de reconstruir y reedificar para la cual una población ordenada, saludable y eficiente se concebía como el andamio fundamental.

Ciudad Obrera nunca se construiría. La ciudades rojas imaginadas por la UAS, por Siqueiros y por Mancisidor nunca llegaron a edificarse. El Cardenismo daría paso a una serie de gobiernos de tendencia más bien conservadora que terminarían por institucionalizar la revolución a partir del clientelismo político y de la defensa de intereses privados. Y, sin embargo, tanto el reclamo de vivienda colectiva social como la obsesión por el orden, la higiene y la eficiencia sobrevivirían como el soporte ideológico para los inmensos proyectos de vivienda de Mario Pani y otros arquitectos de los cuarenta y cincuenta. También el lenguaje modernista sobreviviría, a su modo. No puede decirse lo mismo del sueño de una ciudad colectiva, común, roja. Para eso nos queda el archivo.


[1] UAS. Proyecto de la ciudad obrera en México D.F.México: XVI Congreso de la Planificación y la Habitación, 1938: 1.

[2] Diane Davis. Urban Leviathan. Philadelphia: Temple UP, 1994: 82.

[3] José Mancisidor. La ciudad roja. Novela proletaria. Xalapa: Universidad Veracruzana, 1995: 40.

[4] ibid.: 127.

[5] UAS. op. cit.: 4.

[6] ibid.: 8.

[7]Michael Foucault. Vigilar y Castigar. México: Siglo XXI, 2009: 166.