Entrevista

Naturalia. Patricia Domínguez y la etnobotánica

por Javiera Barrientos
Editora del CECLI

Es una tarde soleada de octubre y tengo la suerte de compartir una taza de té de hierbas con Patricia Domínguez, artista, ilustradora científica con estudios en el Jardín Botánico de Nueva York y creadora de Studio Vegetalista, una plataforma de divulgación etnobotánica a través del arte y la enseñanza de la ilustración científica. Además de haber participado en diversas residencias artísticas, es miembro fundador del Círculo de Ilustradores Naturalistas de Chile. Patricia me abre las puertas de su taller, un espacio donde abundan las plantas y flores secas, los libros de historia natural y los objetos de las más diversas procedencias dispuestos unos juntos a otros con la cuidada labor de un coleccionista. Al terminarse el agua de la tetera, sus palabras nos han paseado de la ciencia a la cosmología, de la planta al pigmento y, particularmente, de Europa a América del Sur. Los invitamos a compartir esta taza de té con nosotras y leer sobre la importancia del reino vegetal en el mundo contemporáneo.

Esta es la primera entrada de una sección que hemos decidido dedicarle a la naturaleza. Conversaremos con científicos, artistas, museos y coleccionistas de objetos pertencientes al mundo natural sobre su valor actual y las dificultades a las que se enfrentan. Naturalia, una de las categorías utilizadas para clasificar los gabinetes de curiosidades o cuartos de maravillas antiguos, nos mostrará la relación y la tensión entre el ser humano y el espacio que cohabitamos.

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Patricia Domínguez en Gasworks. Fotografía de Olga Koroleva

¿Qué es el Studio Vegetalista? 

La verdad es que es un proyecto que ha ido mutando. Como está planteado ahora es una plataforma experimental de etnobotánica, es decir, la relación entre las personas y las plantas desde el arte, la ciencia y las prácticas chamánicas. Acá enseñamos ilustración científica de mamíferos y aves, ilustración botánica de plantas y hierbas medicinales. Además de eso tengo una serie de ensayos experimentales de etnobotánica donde colaboro con otros artistas. De este modo pensamos en las relaciones actuales entre personas y plantas más allá de la botánica científica, desde una perspectiva más cultural. También hago ilustraciones a pedido sobre cosmologías. Por ejemplo, hace poco trabajé en el libro Ayni de Felipe Monsalve. No sé si lo viste. 

Sí, lo vi. 

Ahí me pidieron que dibujara hombres y mujeres conectados con la naturaleza, sin la visualidad clásica en la que los pueblos originarios han sido representados. Y bueno, también hago té. Como me dedico a dibujar plantas, aprovecho de hacer té con ellas y lo regalo a los alumnos.

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Cedrón y rosas en taller de Studio Vegetalista

No puedo creerlo. Marisol, una de nuestras integrantes, también hace té. 

¡Qué interesante! Al estudio llega gente que hace cosas muy lindas: terapia espiritual con caballos, parteras naturales, canalizadoras, biólogos, evolucionistas, agrónomos, artistas. De a poco le he propuesto a distintas personas que usen el lugar para hacer clases y así formarnos los unos a los otros. La idea es que esta sea una plataforma que nos sirva a todos a tener una formación integral en torno a la naturaleza. En el curso de hierbas medicinales, por ejemplo, estudiamos una hierba y además la tomamos. La clase sobre la lavanda, la dibujamos, la tomamos, la olemos y se las doy en una bolsita. La clase de la rosa, la clase del cedrón, lo mismo.

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¡Qué lindo! 

Así aprendemos también otros aspectos de las plantas. Cuando tomamos té les digo que registren sus sueños, por ejemplo. Trato de que el proceso sea lo más completo posible, sobre todo los aspectos de las plantas que tienen que ver con sus poderes curativos. 

¿Cómo llegas a interesarte por la etnobotánica y cómo vinculas estos saberes a la ilustración? 

Yo estudié arte y después me gané una beca para irme a Nueva York. Allá estudié un certificado en ilustración científica dos años y después trabajé en el Departamento de Paleontología del Museo de Historia Natural . Fue increíble pero llegó un punto en el que miraba la planta y me decía “la puedo representar, la puedo mirar, pero no estoy entendiéndola”. Ahí me di cuenta de que me interesaba mucho más la parte cultural de la planta que la parte morfológica. Entonces separé lo científico de mi trabajo como artista. Mi idea es estudiar las relaciones actuales entre personas y plantas, especialmente si tienen que ver con prácticas de sanación. Hace poco fui a Perú a aprender de Luis de la Fuente.

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Cuéntame sobre eso. 

Es muy loco. Él hace sanaciones con rosas. Una persona se acuesta y él comienza a ponerle rosas sobre el cuerpo. Hay rosas que reciben energía y rosas que sanan. Las rosadas entregan amor, las blancas limpian. Tiene una técnica visual para ubicar las flores en distintas partes del cuerpo. Me he ido interesando en esta interacción emocional entre humano-planta. La etnobotánica es mucho más amplia que la parte científica que enseño pues también integra la emoción, la espiritualidad y el uso. Es como pensar en la vida a través de las plantas: ¿cómo acompañan los males del mundo contemporáneo, el cansancio, la ansiedad? El modo en que una planta influye en la vida de una persona me interesa mucho más que la planta misma. Mi idea es, precisamente, invitar a Luis a hacer clases acá.

¿A hacer una demostración?

Claro, a hacer un taller de tres días. 

¡Qué bonito! ¿Y esa técnica se practica acá? 

No, él la canalizó y la enseña. Es bellísimo. La relación entre las plantas y la vida actual del siglo XXI me interesa más que cualquier otra cosa. Estudiar las plantas exclusivamente desde una perspectiva científica es demasiado eurocéntrico. Es una visión muy utilitarista porque las plantas son mucho más poderosas. Al trabajar con plantas maestras descubres que hay un potencial gigante que estamos recién empezando a entender.

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Desde este punto de vista, ¿cómo te vinculas con las formas de representación natural de cosmologías que no son occidentales? ¿Cómo afecta tu trabajo visual y tu relación con la botánica? 

En Chile vivimos en un país capitalista donde existe un choque muy fuerte entre la cosmología estadounidense-europea y la de las culturas ancestrales. Somos personas criadas sin raíces en un lugar donde las raíces fueron borradas. Mi trabajo intenta conectarse con esto desde la torpeza. No puedo apropiarme porque no pertenezco a un pueblo originario pero son las cosmologías que más sentido me hacen. En mi trabajo subyace un pensamiento cosmológico que no está exento de contradicciones. Chile es un proceso de miles de migraciones de las que nadie se ha hecho cargo. Mi cosmología nace de esas mezclas absolutamente problemáticas. Para estudiar salgo mucho a la calle, al Persa, a Meiggs, a las yerbateras, investigo plantas de plástico, todo tipo de representaciones. Intento conectar con el poder de las plantas sin copiar otros modos de aproximación. Todo esto, al final, tiene mucho de ficción. A mí la ficción me salva. ¿Te conté del princeso? 

No me has contado. 

¿Te muestro la foto? Mira. Este es un híbrido humano-planta-caballo, pero en la realidad es un niño trabajador, un caballo trofeo de narcos y las plantas son las palmeras que decoran las fincas de los narcos en Colombia.

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“ERES UN PRINCESO”, 2013. Patricia Domínguez (c)

Esta foto la tomaste tú…

Sí, es parte de un video. Desde la ficción se pueden visualizar relaciones que aún no tienen imágenes porque son muy nuevas. ¿Cómo se organiza el agua, la tierra, el aire y el fuego en el mundo contemporáneo? Intento trabajar sin copiar cosmologías antiguas porque yo misma no tengo raíces. Hace poco estuve en Bolivia y fui a El Alto. Ahí pude ver a comunidades aymaras que se han independizado de lo español, del gobierno, que buscan su propia forma de canalizar el arte y la representación. En los cholets, edificios con peculiares figuras geométricas y colores fuertes, por ejemplo, se mezcla el transformer estadounidense con el cóndor andino. Qué libertad poder seguir creando su cosmología sin estar necesariamente atados a lo antiguo en un mundo donde el mercado les exige que sigan repitiendo las mismas estéticas de hace cientos de años, sin actualizarse. La gente no ha aceptado que se han actualizado, hoy usan plástico, objetos importados de China.

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THE ISLE OF DOG; A CURSE IN REVERSE. Gasworks, Londres. Patricia Domínguez (c)

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THE ISLE OF DOG; A CURSE IN REVERSE. Gasworks, Londres. Patricia Domínguez (c)

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THE ISLE OF DOG; A CURSE IN REVERSE. Gasworks, Londres. Patricia Domínguez (c)

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THE ISLE OF DOG; A CURSE IN REVERSE. Gasworks, Londres. Patricia Domínguez (c)

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THE ISLE OF DOG; A CURSE IN REVERSE. Gasworks, Londres. Patricia Domínguez (c)

También he trabajado esta contradicción desde lo que llamo los nuevos dioses contemporáneos: hombres de traje que deciden qué ocurre con los recursos naturales (“aquí se hace un camino”, “aquí se mueve el agua”, “acá se hace una empresa”), a la vez que son quienes financian los descubrimientos arqueológicos precolombinos ligados a la intervención del espacio natural. Para dar cuenta de esta paradoja monté instalaciones de pequeños altares envueltos en camisas en la obra THE ISLE OF DOG; A CURSE IN REVERSE en la residencia artística Gasworks de Londres. Aquí el cuerpo del dios desaparece. Cada una de las plantas tiene una carga específica, cada color una simbología. En conjunto con los demás objetos se crean escenas que no pertenecen a imaginarios reconocibles. Me inspiré mucho en las cajas de hierbas peruanas. 

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¿Cuál crees que es la relación entre atlas, gabinete y altar?

¡Qué buena pregunta! Para mí el gabinete de curiosidades tiene mucho de exotismo. El hombre occidental europeo lleva a su casa las maravillas que encuentra en Oriente o en las colonias. El altar, en cambio, es un portal espiritual confeccionado a partir de objetos del mundo. Los altares, a diferencia de los gabinetes, tienen una organización inherente muy especial. Hace unos años tomé un curso en la escuela Frecuencia Lican sobre altares y ahí nos explicaron la diferencia entre los rezos y los altares de la cosmología andina y la norteamericana. Qué se le reza al sur, qué al norte, dónde está el viento, dónde el fuego, qué portales cruzan las mujeres al parir. Cada altar se organiza de una manera particular. El altar es un portal a otra dimensión a la cual cruzas a través de las ofrendas. La profesora Nicole Postel nos decía que mientras más caprichoso sea tu altar, más poderoso será tu rezo. Gabinete y altar son diametralmente opuestos. Un altar no es una colección. 

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¿Qué objetos y plantas están en tu altar?

En la parte de arriba están todas las hierbas: hojas de coca, orégano, salvia, artemisa, ruda, romero, rosa, palo santo, canelo. Luego tengo agua florida, agua de sándalo, agua de las siete espinas, agua del Carmen. Pigmentos naturales y aceites esenciales. Ahora estoy trabajando con sanación de rosas entonces tengo a la Virgen de las rosas. También inciensos, cuencos y libros. Tengo libretas muy personales donde anoto mis sueños y visiones. También tengo un trébol de siete hojas que encontré caminando por la calle. 

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Es muy interesante la estética que se crea dentro del altar…

Sí, es que todas estas botellas e imágenes son hermosas. Las etiquetas y los dibujos creados en un mundo digital donde prima la necesidad, la precariedad y lo latinoamericano. Sin embargo, una vez que integras el objeto al altar deja de ser solamente un objeto. Algo que es o puede ser inútil transforma el espacio y la energía. El poder de las imágenes es muy fuerte, se concretiza en energías de alta o baja vibración. Las imágenes tienen el poder de lo que no alcanzan a decir las palabras. Van concentrando diferentes cúmulos de energía. Es otro registro del lenguaje. 

Lo mismo ocurre con las plantas cuando se las pone en el contexto del altar, ¿no? Se convierten en símbolos. 

Claro. Yo estoy constantemente buscando libros de plantas medicinales, pero muchas veces se quedan en sus características morfológicas o biológicas.

Usualmente cuando hablamos de ilustración científica pensamos en el naturalismo europeo de los siglos XVIII y XIX. Al igual que en el proceso de conquista americano, son hombres que imponen sus modos de representación lingüística y pictórica sobre territorios presuntamente vírgenes y sociedades supuestamente subdesarrolladas. ¿De qué modo crees que las cosas que hemos conversado ayudan a repensar la relación entre personas y naturaleza? 

Creo que es una relación que está siempre en tensión. Claudio Gay, por ejemplo, uno de los naturalistas más importantes de nuestro país, llevó a cabo un trabajo sumamente complejo y admirable que, sin embargo, implicó redefinir y renombrar un territorio borrando e invisibilizando el conocimiento ancestral que ya existía en torno a él. La ilustración botánica, en ese sentido, tiene una carga muy política. Ilustrar una planta hoy significa, además, que tienes que sentarte durante cuatro horas en silencio a observar un objeto, dejar el teléfono al lado y dibujar. Yo lo llamo meditación científica. 

¡Me encanta!

Sí. Es necesario parar, concentrarse, estar en silencio. Este proceso me interesa a veces más que la ilustración misma—que hoy ha pasado a ser algo meramente decorativo o didáctico, en lugar de lo que era antes: una herramienta de colonización. Para dibujar uno debe ir a la naturaleza, al cerro, sentarse a dibujar la planta, dedicarle tiempo, cariño. Yo lo veo como un modo de resistencia. Dibujamos el cerro en lugar de ocuparlo para poner una mina. Así trato de darle la vuelta de tuerca a estos naturalismos europeos que han invisibilizado otro tipo de ilustraciones. Creo que es importante buscar nuevas formas de dibujar y de imaginar que no sean las que nos han impuesto. Todos los órganos del cuerpo tienen los nombres de los hombres que los han descubierto: las trompas de Falopio, por ejemplo, se llaman así por el anatomista Gabriel Falopio. Lo mismo pasa con la ilustración, uno aprende que el estilo occidental es la manera correcta de dibujar. Con Geraldine MacKinnon siempre conversamos sobre cómo enseñar un estilo botánico que salga de Sudamérica. 

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Eso es clave, ¿cómo crees tú que se hace para representar lo natural desde una perspectiva distinta a la estética enciclopédica que ha primado en la ilustración botánica de los últimos siglos? 

Ese es el gran desafío. Hoy hay muchas redes de ilustración botánica en Sudamérica que siguen al pie de la letra el modelo europeo y norteamericano sin cuestionarse necesariamente temas como el color, los tipos de pigmentos que se usan, de dónde se extraen estos pigmentos, si existen plantas maestras que puedan utilizarse para pintar, qué relaciones existen entre plantas y personas. Me gustaría poder llegar a un lenguaje que nazca de las cosas de acá, de los materiales, las visiones, los olores, las formas, de los efectos que la planta puede tener en uno. Es un desafío que hemos conversado varias veces. Sin embargo, como en Chile no hay una escuela naturalista formal y estamos recién armando esto; yo estudié en el Jardín Botánico de Nueva York y Geraldine en el de Edimburgo—hemos formado a nuestros estudiantes a partir de los conocimientos adquiridos en estas escuelas. 

En este afán por buscar una ilustración botánica propiamente americana, ¿usas o has usado pigmentos extraídos de plantas endémicas?

Geraldine, además de dibujar, hacer acuarelas. Hace un tiempo me prestó una hecha de tierra de Rapa Nui y lapislázuli para pintar a un hombre que representaba la energía masculina. En Estados Unidos estudié cómo hacer pigmentos de plantas, especialmente de malezas; en la India sacábamos la pintura de la tierra y las piedras, la mezclábamos con agua y goma arábica y pintábamos miniaturas. De Perú me traje unos pigmentos que tienen rosa cactus, negro chilca, azul mineral, rojo cochinilla. Siempre que viajo estoy buscando todo lo que tenga que ver con las plantas y sus representaciones. 

Una última pregunta: en términos biográficos, ¿qué te acercó a la naturaleza?

Mi abuelo, Gonzalo Domínguez. Él tiene un museo que se llama El museo de las gaviotas en Copiapó. Es una colección personal que creó para entender el mundo que lo rodea. Toda nuestra vida en el norte hemos salido a caminar buscando y recogiendo cosas. Él encuentra pero también transforma. Recoge conchitas y las convierte en móviles. Todo su museo está organizado en redes de pesca de cultivo de ostiones, él las saca del mar y esos son los gabinetes para exponer las cosas que va encontrando. En lugar de utilizar la vitrina del museo occidental, usa la red. Él, para mí, es un gran ejemplo de alguien que logra un lenguaje pertinente al lugar que habita.