Nota

Jabones

por Marisol García W.
Editora de CECLI

Puesto que para empezar siempre hay que romper algo, aunque sólo sea el silencio, rompamos, arruguemos y arrojemos a la papelera cualquier nota o borrador impreso con el mal gusto ordinario de la envoltura del objeto… Tomémosle completamente desnudo.

Francis Ponge

Empiezo con este epígrafe de Francis Ponge, pero para hacerlo tengo que presentar una contrapropuesta: tracemos la escurridiza historia cultural del jabón tomándolo no desnudo, sino envuelto con esos papeles de colores, a veces ilustrados, envoltorios que se sostienen por medio de pliegues o por una etiqueta o un material plástico transparente, empacados individualmente o en grupos de tres, metidos en una cajita. Jabones deseados, comprados, obsequiados. Jabones que funcionan como símbolos de afecto, pero que también median relaciones sociales y laborales. Jabones que permanecen en el baño o en el botiquín casero hasta que se les da uso y empiezan a adelgazar hasta desaparecer, materialmente, bajo el agua. En el acervo del Museo del Objeto del Objeto de Ciudad de México (MODO) una de las colecciones más interesantes es la de los artículos de higiene personal y cosméticos, que incluye una nutrida cantidad de jabones de tocador.

Estos objetos, preservados en sus empaques originales, constituyen un interesante punto de observación para averiguar las maneras en las que se intersectan el género, las expectativas sociales y ciertos aspectos de la cultura material. Los artículos de higiene personal tienen una naturaleza doble: se trata de objetos que tienen una composición material pero también un valor simbólico. Este tipo de objetos adquieren su forma no sólo en el proceso de producción, sino también en el mercado. Los usos simbólicos y sociales de vender, desear, adquirir, poseer y perder objetos dependen de una red de significados previamente establecidos en la cultura.

yardley

Ejemplo de esto son los jabones de tocador, que se instauraron desde principios del siglo XX en las rutinas de limpieza de las familias a partir de una campaña enfocada principalmente en las mujeres. El ama de casa es consumidora de objetos no sólo personales, sino de toda la familia. Por esta razón, muchas de las ilustraciones que podemos encontrar en los envoltorios de jabones de tocador están vinculados con este imaginario, como podemos ver en estos dos ejemplos: una caja de “Yardley”, un jabón de lavanda inglesa en el que se ve a una mujer de figura estilizada detrás de la cual caminan dos chicos, un niño y una niña, que sostienen, como ella, lavandas recién cortadas.

El jabón de tocador, con su potente fragancia, opera como un objeto que brinda a sus usuarios un capital simbólico que se cruza con el género especialmente cuando consideramos que para el dominio de lo femenino la limpieza y el autocuidado están en el centro de los mandatos asociados con la feminidad. El jabón opera metonímicamente para significar toda una red de condiciones materiales que denotan una clase social específica: una en la que existen lujos como los jabones de tocador, pero también baños con agua corriente y el tiempo dedicado a prácticas como lavar la cara diario. Éste es el primer paso en una ruta que, como el jabón mismo, es resbaladiza.

caricia

Mi segunda parada en este camino es el jabón de tocador “Caricia”, empacado en una cajita blanca y decorado con una tipografía en letras rojas y doradas. Este ejemplo, mucho más tardío –posiblemente de la década de los setenta— muestra una faceta distinta de la del cuidado propio y de la familia atribuida a las mujeres. En este caso, la imagen del producto es el rostro de una mujer rubia, de piel blanca, que sostiene un jabón en la mejilla. Casual —o intencionalmente— sobre la fotografía aparece la leyenda “blanco”. Aquí, como en muchos otros ejemplos que pueden encontrarse en el mismo acervo del MODO, la piel clara opera como una forma capital simbólico que exige a las mujeres un determinado perfil racial para entrar en las categorías del deseo, la atracción y el poder económico. El uso de productos cosméticos para aclarar la piel —con ejemplos extremos en las famosas cold cremes que saturaron los botiquines durante gran parte del siglo XX— brindaba supuestamente una imagen de  mujer joven, en ámbitos urbanos, educada y trabajadora. Este esquema se traduce significativamente en el jabón “Caricia”, que está lejos de ser un producto de lujo; más bien es un producto de uso diario para la mujer de la clase media y baja. Al tratarse de un producto mexicano —y no norteamericano o europeo, como es el caso de otros jabones que se encuentran en el acervo— sorprende la insistencia en el blanqueamiento. El deseo de una piel más clara es producido simultáneamente por la publicidad, las revistas, las telenovelas, pero también por el producto mismo: en varios casos los jabones contenían ingredientes abrasivos para lograr el efecto de la blancura. El objeto se convierte entonces en un dispositivo de subjetivación asociado al cuerpo que produce siempre el deseo que permite pensar visualmente en una relación entre el cuerpo y el poder y que se traduce efectivamente en mejores oportunidades laborales para las mujeres.

madera

Además del imaginario de la madre ama de casa y de la mujer sensual en los envoltorios de jabón es posible encontrar referentes visuales asociados con la mujer exótica. Un ejemplo de esto es la línea de Myurgia “Maderas de Oriente”, en el que se ve a una misteriosa mujer con un velo que le cubre la mitad de la cara, dejando sólo sus ojos descubiertos. Ella mira detrás de un ajimez, en un juego de velos donde el cuerpo se oculta detrás del velo que está detrás de la ventana, que está en el empaque. La cajita, cuidadosamente ornamentada, tiene una leyenda que dice: “perfumado con tallos jogosos de las selvas talados en cuarto creciente”. Otro ejemplo es la línea “Maja” de la misma marca que presenta a la sevillana desbordando sensualidad.

maya

Una parte de estas imágenes tiene que ver con la idea de ingredientes exóticos que son extraídos de países lejanos. El deseo sublimado en el jabón. La usuaria por excelencia es el ama de casa burguesa, que en la intimidad doméstica se encuentra en la posición ambivalente entre asumirse como una productora de deseo y pero también una re-productora de las normas sociales que controlan los cuerpos mediante dispositivos de poder que pueden extenderse, del botiquín a la cama de matrimonio, la pareja heterosexual y propietaria, la separación entre el dormitorio de los hijos y el de los padres.

pear

Esto explota en el “Morley’s Prickly Pear Soap”, un jabón de nopal cuya imagen es la de un indio rostizando una tuna, que se vende como un “maravilloso tratamiento para el eczema, el acné, la cojera, la reuma, la calvicie, la comezón, las reacciones a plantas venenosas, la dandruff. Los “inválidos”, dice el envoltorio, “apreciarán el lujo de su uso diario”. Frente a los sujetos desviados de la modernidad —los histéricos, inválidos, la enfermos mentales, y desviados como la lesbiana y el homosexual— el jabón se presenta como la cura para una higiene que se extiende más allá del cuerpo individual al cuerpo social. Paradójicamente, la idea occidental del género —atravesado por la clase y por la raza, también—, sólo puede mantenerse explotando los recursos materiales (ingredientes preciosos como maderas, especias, flores y frutos) de los países donde se impone un ideales de belleza lejano al de los cuerpos que habitan estas tierras y que conocen, muchas veces gracias a los pueblos originarios, las bondades de ciertos ingredientes.

Podríamos decir que todo cuerpo visto como potencialmente desviado, contemplado como un cuerpo que puede blanquearse o corregirse por medio de los poderes maravillosos del jabón, es visto desde estos envoltorios también como un cuerpo-máquina que consume estos productos y que, a su vez, alimenta los sistemas de signos y su inscripción en el terreno de la visualidad en estos imaginarios de la limpieza en los que el biopoder dicta la norma.